Mensaje de Navidad que leyó el
Papa Benedicto XVI a mediodía de
este lunes desde el balcón de la
fachada de la Basílica de San
Pedro del Vaticano ante decenas
de miles de peregrinos.
"Salvator noster natus est in
mundo" (Misal Romano).
¡"Nuestro Salvador ha nacido en
el mundo"! Esta noche, una vez
más, hemos escuchado en nuestras
Iglesias este anuncio que, a
través de los siglos, conserva
inalterado su frescor. Es un
anuncio celestial que invita a
no tener miedo porque ha brotado
una "gran alegría para todo el
pueblo" (Lc 2,10). Es un
anuncio de esperanza porque da a
conocer que, en aquella noche de
hace más de dos mil años, "en la
ciudad de David, os ha nacido un
Salvador: el Mesías, el Señor"
(Lc 2,11). Entonces, a los
pastores acampados en la colina
de Belén; hoy, a nosotros,
habitantes de este mundo
nuestro, el Ángel de la Navidad
repite: "Ha nacido el Salvador;
ha nacido para vosotros. ¡Venid,
venid a adorarlo!".
Pero, ¿tiene todavía valor y
sentido un "Salvador" para el
hombre del tercer milenio? ¿Es
aún necesario un "Salvador" para
el hombre que ha alcanzado la
Luna y Marte, y se dispone a
conquistar el universo; para el
hombre que investiga sin límites
los secretos de la naturaleza y
logra descifrar hasta los
fascinantes códigos del genoma
humano? ¿Necesita un Salvador el
hombre que ha inventado la
comunicación interactiva, que
navega en el océano virtual de
Internet y que, gracias a las
más modernas y avanzadas
tecnologías mediáticas, ha
convertido la Tierra, esta gran
casa común, en una pequeña aldea
global? Este hombre del siglo
veintiuno, artífice
autosuficiente y seguro de la
propia suerte, se presenta como
productor entusiasta de éxitos
indiscutibles.
Lo parece, pero no es así. Se
muere todavía de hambre y de
sed, de enfermedad y de pobreza
en este tiempo de abundancia y
de consumismo desenfrenado.
Todavía hay quienes están
esclavizados, explotados y
ofendidos en su dignidad,
quienes son víctimas del odio
racial y religioso, y se ven
impedidos de profesar libremente
su fe por intolerancias y
discriminaciones, por
ingerencias políticas y
coacciones físicas o morales.
Hay quienes ven su cuerpo y el
de los propios seres queridos,
especialmente niños, destrozado
por el uso de las armas, por el
terrorismo y por cualquier tipo
de violencia en una época en que
se invoca y proclama por doquier
el progreso, la solidaridad y la
paz para todos. ¿Qué se puede
decir de quienes, sin esperanza,
se ven obligados a dejar su casa
y su patria para buscar en otros
lugares condiciones de vida
dignas del hombre? ¿Qué se puede
hacer para ayudar a los que,
engañados por fáciles profetas
de felicidad, a los que son
frágiles en sus relaciones e
incapaces de asumir
responsabilidades estables ante
su presente y ante su futuro, se
encaminan por el túnel de la
soledad y acaban frecuentemente
esclavizados por el alcohol o la
droga? ¿Qué se puede pensar de
quien elige la muerte creyendo
que ensalza la vida?
¿Cómo no darse cuenta de que,
precisamente desde el fondo de
esta humanidad placentera y
desesperada, surge una
desgarradora petición de ayuda?
Es Navidad: hoy entra en el
mundo "la luz verdadera, que
alumbra a todo hombre" (Jn
1, 9). "La Palabra se hizo
carne, y acampó entre nosotros"
(ibíd. 1,14), proclama el
evangelista Juan. Hoy, justo
hoy, Cristo viene de nuevo
"entre los suyos" y a quienes lo
acogen les da "poder para ser
hijos de Dios"; es decir, les
ofrece la oportunidad de ver la
gloria divina y de compartir la
alegría del Amor, que en Belén
se ha hecho carne por nosotros.
Hoy, también hoy, "nuestro
Salvador ha nacido en el mundo",
porque sabe que lo necesitamos.
A pesar de tantas formas de
progreso, el ser humano es el
mismo de siempre: una libertad
tensa entre bien y mal, entre
vida y muerte. Es precisamente
en su intimidad, en lo que la
Biblia llama el "corazón", donde
siempre necesita ser salvado. Y
en la época actual postmoderna
necesita quizás aún más un
Salvador, porque la sociedad en
la que vive se ha vuelto más
compleja y se han hecho más
insidiosas las amenazas para su
integridad personal y moral.
¿Quién puede defenderlo sino
Aquél que lo ama hasta
sacrificar en la cruz a su Hijo
unigénito como Salvador del
mundo?
"Salvator noster", Cristo es
también el Salvador del hombre
de hoy. ¿Quién hará resonar en
cada rincón de la Tierra de
manera creíble este mensaje de
esperanza? ¿Quién se ocupará de
que, como condición para la paz,
se reconozca, tutele y promueva
el bien integral de la persona
humana, respetando a todo hombre
y toda mujer en su dignidad?
¿Quién ayudará a comprender que
con buena voluntad,
racionabilidad y moderación, no
sólo se puede evitar que los
conflictos se agraven, sino
llevarlos también hacia
soluciones equitativas? En este
día de fiesta, pienso con gran
preocupación en la región del
Oriente Medio, probada por
numerosos y graves conflictos, y
espero que se abra a una
perspectiva de paz justa y
duradera, respetando los
derechos inalienables de los
pueblos que la habitan. Confío
al divino Niño de Belén los
indicios de una reanudación del
diálogo entre israelitas y
palestinos que hemos observado
estos días, así como la
esperanza de ulteriores
desarrollos reconfortantes.
Confío en que, después de tantas
víctimas, destrucciones e
incertidumbres, reviva y
progrese un Líbano democrático,
abierto a los demás, en diálogo
con las culturas y las
religiones. Hago un llamamiento
a los que tienen en sus manos el
destino de Irak, para que cese
la feroz violencia que
ensangrienta el País y se
asegure una existencia normal a
todos sus habitantes. Invoco a
Dios para que en Sri Lanka, en
las partes en lucha, se escuche
el anhelo de las poblaciones de
un porvenir de fraternidad y
solidaridad; para que en Darfur
y en toda África se ponga
término a los conflictos
fraticidas, cicatricen pronto
las heridas abiertas en la carne
de ese Continente y se
consoliden los procesos de
reconciliación, democracia y
desarrollo. Que el Niño Dios,
Príncipe de la paz, haga que se
extingan los focos de tensión
que hacen incierto el futuro de
otras partes del mundo, tanto en
Europa como en Latinoamérica.
"Salvator noster": Ésta es
nuestra esperanza; este es el
anuncio que la Iglesia hace
resonar también en esta Navidad.
Con la encarnación, recuerda el
Concilio Vaticano II, el Hijo de
Dios se ha unido en cierto modo
a cada hombre (cf. Gaudium
et spes, 22). Por eso, puesto
que la Navidad de la Cabeza es
también el nacimiento del
cuerpo, como enseñaba el
Pontífice san León Magno,
podemos decir que en Belén ha
nacido el pueblo cristiano,
cuerpo místico de Cristo en el
que cada miembro está unido
íntimamente al otro en una total
solidaridad. Nuestro Salvador ha
nacido para todos. Tenemos que
proclamarlo no sólo con las
palabras, sino también con toda
nuestra vida, dando al mundo el
testimonio de comunidades unidas
y abiertas, en las que reina la
hermandad y el perdón, la
acogida y el servicio recíproco,
la verdad, la justicia y el
amor.
Comunidad salvada por Cristo.
Ésta es la verdadera naturaleza
de la Iglesia, que se alimenta
de su Palabra y de su Cuerpo
eucarístico. Sólo redescubriendo
el don recibido, la Iglesia
puede testimoniar a todos a
Cristo Salvador; hay que hacerlo
con entusiasmo y pasión, en el
pleno respeto de cada tradición
cultural y religiosa; y hacerlo
con alegría, sabiendo que Aquél
a quien anuncia nada quita de lo
que es auténticamente humano,
sino que lo lleva a su
cumplimiento. En verdad, Cristo
viene a destruir solamente el
mal, sólo el pecado; lo demás,
todo lo demás, lo eleva y
perfecciona. Cristo no nos pone
a salvo de nuestra humanidad,
sino a través de ella; no nos
salva del mundo, sino que ha
venido al mundo para que el
mundo se salve por medio de Él
(cf. Jn 3,17).
Queridos hermanos y hermanas,
dondequiera que os encontréis,
que llegue hasta vosotros este
mensaje de alegría y de
esperanza: Dios se ha hecho
hombre en Jesucristo; ha nacido
de la Virgen María y renace hoy
en la Iglesia. Él es quien lleva
a todos el amor del Padre
celestial. ¡Él es el Salvador
del mundo! No temáis, abridle el
corazón, acogedlo, para que su
Reino de amor y de paz se
convierta en herencia común de
todos. ¡Feliz Navidad!"