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Written by Padre
Raniero Cantalamessa
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Tuesday, 13 November 2007
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Los Apóstoles
dijeron al Señor: "Auméntanos la
fe". El respondió: "Si ustedes
tuvieran fe del tamaño de un
grano de mostaza, y dijeran a
esa morera que está ahí: 'Arráncate
de raíz y plántate en el mar',
ella les obedecería. Supongamos
que uno de ustedes tiene un
servidor para arar o cuidar el
ganado. Cuando este regresa del
campo, ¿acaso le dirá: 'Ven
pronto y siéntate a la mesa'?
¿No le dirá más bien: 'Prepárame
la cena y recógete la túnica
para servirme hasta que yo haya
comido y bebido, y tú comerás y
beberás después'? ¿Deberá
mostrarse agradecido con el
servidor porque hizo lo que se
le mandó? Así también ustedes,
cuando hayan hecho todo lo que
se les mande, digan: 'Somos
simples servidores, no hemos
hecho más que cumplir con
nuestro deber'".
El Evangelio de hoy se abre con
la petición de los apóstoles a
Jesús: «¡Auméntanos la fe!». En
lugar de satisfacer su deseo,
Jesús parece querer agudizarlo.
Dice: «Si tuvierais fe como un
grano de mostaza...». La fe es,
sin duda, el tema dominante de
este domingo. En la primera
lectura se oye la célebre
afirmación de Habacuc, retomada
por san Pablo en la Carta a los
Romanos: «El justo vivirá por su
fe». También la aclamación al
Evangelio está en sintonía con
este tema: «Lo que ha conseguido
la victoria sobre el mundo es
nuestra fe» (1 Juan 5,4).
La fe tiene distintos matices de
significado. Esta vez desearía
reflexionar sobre la fe en su
acepción más común y elemental:
creer o no en Dios. No la fe
según la cual se decide si uno
es católico o protestante,
cristiano o musulmán, sino la fe
según la cual se decide si uno
es creyente o no creyente,
creyente o ateo. Un texto de la
Escritura dice: «El que se
acerca a Dios ha de creer que
existe y que recompensa a los
que le buscan» (Hebreos 11,6).
Éste es el primer escalón de la
fe, sin el cual no hay otros.
Para hablar de la fe a un nivel
tan universal no podemos
basarnos sólo en la Biblia,
porque ésta tendría valor sólo
para nosotros, los cristianos,
y, en parte, para los judíos, no
para los demás. Por fortuna,
Dios ha escrito dos «libros»:
uno es la Biblia, el otro la
creación. Uno está formado por
letras y palabras, el otro por
cosas. No todos conocen, o
pueden leer, el libro de la
Escritura, pero todos, desde
cualquier latitud y cultura,
pueden leer el libro que es la
creación. De noche tal vez mejor,
incluso, que de día. «Los cielos
cuentan la gloria de Dios, la
obra de sus manos anuncia el
firmamento... Por toda la tierra
se extiende su eco, y hasta el
confín del mundo su mensaje»
(Salmo 19). Pablo afirma: «Lo
invisible de Dios, desde la
creación del mundo, se deja ver
a la inteligencia a través de
sus obras» (Romanos 1, 20).
Urge disipar el difundido
equívoco según el cual la
ciencia ya ha liquidado el
problema y ha explicado
exhaustivamente el mundo, sin
necesidad de recurrir a la idea
de un ser fuera de él llamado
Dios. En cierto sentido,
actualmente la ciencia nos
acerca más a la fe en un creador
que en el pasado. Tomemos la
famosa teoría que explica el
origen del universo con el «Big
Bang» o la gran explosión
inicial. En una millonésima de
millonésima de segundo, se pasa
de una situación en la que no
existe aún nada, ni espacio ni
tiempo, a una situación en la
que comenzó el tiempo, existe el
espacio y, en una partícula
infinitesimal de materia, existe
ya, en potencia, todo el
sucesivo universo de miles de
millones de galaxias, como lo
conocemos hoy.
Hay quien dice: «No tiene
sentido plantearse la cuestión
de qué había antes de aquel
instante, porque no existe un
"antes" cuando aún no existe el
tiempo». Pero yo digo: ¡cómo no
plantearse ese interrogante!
«Remontarse a la historia del
cosmos --se afirma también-- es
como hojear las páginas de un
inmenso libro, partiendo del
final. Llegados al principio se
percibe que es como si faltara
la primera página». Creo que
precisamente, sobre esta primera
página que falta, la revelación
bíblica tiene algo que decir. No
se puede pedir a la ciencia que
se pronuncie sobre este «antes»
que está fuera del tiempo, pero
ella no debería tampoco cerrar
el círculo, dando a entender que
todo está resuelto.
No se pretende «demostrar» la
existencia de Dios, en el
sentido que damos comúnmente a
esta palabra. Aquí abajo vemos
como en un espejo y en un
enigma, dice san Pablo. Cuando
un rayo de sol entra en una
habitación, lo que se ve no es
la luz misma, sino la danza del
polvo que recibe y revela la
luz. Así es Dios: no le vemos
directamente, sino como en un
reflejo, en la danza de las
cosas. Esto explica por qué a
Dios no se le alcanza más que
dando el «salto» de la fe.
[Traducción del original
italiano realizada por Zenit]
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