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Esperanza y Salvación

     

Written by Carlos Coello   

Tuesday, 19 December 2006


Den gritos de alegría, habitantes de Zion, porque el Dios Santo de Israel está en medio de ustedes con toda su grandeza.” (Isaías 12:6)

Estamos en uno de los tiempos más agradables y familiares del año—Adviento. Entre arbolitos, luces, tiempo de frío, chocolates calientes y cenas deliciosas, muchas familias se reúnen para celebrar y festejar este tiempo tan especial.

Al mismo tiempo, otras personas aprovechan la oportunidad para regalar, ir de compras, beneficiarse de las rebajas, no dejar pasar por acto las oportunidades de enriquecimiento en sus negocios, enviar postales, visitar amigos olvidados, etc.

Sin embargo, la Iglesia nos exhorta a reflexionar sobre este tiempo de Adviento, sobre ese gran evento que cambió el curso de la historia y lo hace con frecuentes invitaciones a participar en retiros y prácticas piadosas. Y por supuesto, también la Iglesia nos invita a la conversión, a ese cambio gradual pero a la vez radical de corazón, de actitud, de pensamiento y de respuesta ante la invitación evangélica “arrepiéntanse y crean en el evangelio.”

Hasta ahora, todo suena familiar. Sabemos lo que tenemos que hacer. Sabemos lo que tenemos que comprar. También sabemos que un retiro nos vendría de maravilla. ¿Sin embargo, sabemos lo que realmente significa este gran evento? ¿Entendemos la magnitud de tan grande acto de amor? ¿Comprendemos nuestro lugar en ese histórico momento de la encarnación de un Dios todopoderoso que cambió su majestuosidad por una simple y frágil humanidad al convertirse en un bebé? Tal vez no. Por eso te invito a reflexionar sobre la gran realidad de este momento reflexionando en el significado de dos palabras: esperanza y salvación.

Recientemente tuve el privilegio de ver la película de “The Nativity Story” o en español, “La natividad.” En la misma pude observar cómo el pueblo Israelita sufría bajo el yugo del imperio romano. Entre los abusos a que eran sometidos se encontraban los altos impuestos que el pueblo Israelita tenía que pagar, así como también el tipo de castigo al que eran sometidos si no pagaban como por ejemplo, llevarse a sus hijas. Y lo peor es que nadie podía protestar porque en ese momento no existía la corte suprema ni los representantes de los derechos humanos para ampararlos. Había que sufrir. Punto. No quedaba otra alternativa. ¡Y si crees que esa situación era incómoda y dolorosa, imagínate al mismo tiempo ser también un esclavo espiritual a la merced de la muerte, de la ley y de Satanás! Sin embargo, todo eso comenzó a cambiar con la venida de la esperanza.

Decía Fulton Sheen que sin esperanza el corazón se quiebra. El ser humano necesita esperar en algo para seguir adelante. El ser humano necesita una razón para vivir, para moverse, para sonreír. La navidad es esa razón que anhelaban los Israelitas y es asimismo la seguridad de los cristianos.

Dentro de la dimensión de esa esperanza, también por fin llega la respuesta que todos andábamos buscando “Yo soy el camino, la verdad, y la vida” (Jn. 14:6). Por fin nos encontrados a nosotros mismos, al sentido de nuestra existencia, a lo que nos mueve, de donde venimos y hacia donde vamos. Jesús responde todas las incógnitas esa noche bendita.

Pero además de traer esperanza, Jesús en su encarnación humana también viene a librarnos de todo peligro, enfermedad, necesidad, injusticia, y muerte. En una palabra, viene a salvarnos. Fíjense en qué consiste esta salvación como la proclama Isaías:

«Saltarán de alegría el desierto y la tierra reseca; la llanura se regocijará y florecerá; florecerá como el lirio, se regocijará y dará gritos de alegría. Le han dado la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón; y verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios. Fortalezcan las manos cansadas, afiancen las rodillas vacilantes, digan a los cobardes de corazón:

“¡Animo!, no teman. Miren a su Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvarlos”.

Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, saltará el cojo como un venado, la lengua del mudo cantará. Brotarán aguas en el desierto y torrentes en la llanura; el desierto se convertirá en estanque, la tierra sedienta en manantial. En la guarida de los chacales brotarán cañas y juncos. Cruzará por allí un camino cuyo nombre será: “Vía Santa”. Los impuros no pasarán por ella. El mismo Señor guiará al caminante, y los inexpertos no se extraviarán. No habrá en ella leones, ni se acercarán las fieras. Los rescatados caminarán por ella, por ella volverán los liberados del Señor. Llegarán a Sión entre gritos de júbilo; una alegría eterna iluminará su rostro, gozo y alegría los acompañarán, la tristeza y el llanto se alejarán».

Lo que sí es obvio es que antes de Su glorioso nacimiento, el ser humano había tratado de alcanzar la salvación mediante rebeliones, revoluciones, violencia. Había tratado de curarse y de autosatisfacerse sin poder alcanzarlo. Pero Jesús trae la manera de lograrlo. Él trae la verdadera sanación, sacia las ansias de justicia y provee la verdadera libertad del pecado. También nos salva de la muerte, “¿Dónde está muerte tu aguijón?” como dijo San Pablo. Y claro nos salva de los peligros de la vida porque “Si Dios está con nosotros, quién podrá estar en nuestra contra.” (Rom. 8:31)

Hermanos, si no fuera por la navidad, ¿dónde estaríamos ahora sin esa esperanza y sin esa salvación que vino a traer Jesús? Sinceramente yo creo que 1) ya no hubiera mundo o 2) la población del mundo sería mucho más pequeña producto de tantas guerras generadas por el odio y la injusticia.

Gracias a Dios la realidad es diferente. Y aunque todavía existen guerras, aunque todavía existen muchas injusticias, esas guerras e injusticias operan dentro de los parámetros de la esperanza y de la salvación. Un día ya no habrá más llanto ni dolor. Un día no habrá más enfermedades ni pobreza. Un día el carnerito comerá con el león y el niño jugará sobre el hoyo de la serpiente sin peligro. (Is.11:1-9) Las naciones no se levantarán más en contra de otras naciones. Habrá paz y tranquilidad plena porque ha llegado el día y la hora de la salvación eterna, la corona de nuestra esperanza. Amén.

 
 
 

    


 


 

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