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“Den
gritos de alegría, habitantes de
Zion, porque el Dios Santo de Israel
está en medio de ustedes con toda su
grandeza.”
(Isaías 12:6)
Estamos en uno de
los tiempos más agradables y
familiares del año—Adviento.
Entre arbolitos, luces, tiempo de
frío, chocolates calientes y cenas
deliciosas, muchas familias se
reúnen para celebrar y festejar este
tiempo tan especial.
Al mismo tiempo,
otras personas aprovechan la
oportunidad para regalar, ir de
compras, beneficiarse de las
rebajas, no dejar pasar por acto las
oportunidades de enriquecimiento en
sus negocios, enviar postales,
visitar amigos olvidados, etc.
Sin embargo, la Iglesia nos
exhorta a reflexionar sobre este
tiempo de
Adviento, sobre ese gran
evento que cambió el curso de la
historia y lo hace con
frecuentes invitaciones a
participar en retiros y
prácticas piadosas. Y por
supuesto, también la Iglesia nos
invita a la conversión, a ese
cambio gradual pero a la vez
radical de corazón, de actitud,
de pensamiento y de respuesta
ante la invitación evangélica
“arrepiéntanse y crean en el
evangelio.”
Hasta ahora, todo suena
familiar. Sabemos lo que tenemos
que hacer. Sabemos lo que
tenemos que comprar. También
sabemos que un retiro nos
vendría de maravilla. ¿Sin
embargo, sabemos lo que
realmente significa este gran
evento? ¿Entendemos la magnitud
de tan grande acto de amor?
¿Comprendemos nuestro lugar en
ese histórico momento de la
encarnación de un Dios
todopoderoso que cambió su
majestuosidad por una simple y
frágil humanidad al convertirse
en un bebé? Tal vez no. Por eso
te invito a reflexionar sobre la
gran realidad de este momento
reflexionando en el significado
de dos palabras: esperanza y
salvación.
Recientemente tuve el privilegio
de ver la película de “The
Nativity Story” o en español,
“La natividad.” En la misma pude
observar cómo el pueblo
Israelita sufría bajo el yugo
del imperio romano. Entre los
abusos a que eran sometidos se
encontraban los altos impuestos
que el pueblo Israelita tenía
que pagar, así como también el
tipo de castigo al que eran
sometidos si no pagaban como por
ejemplo, llevarse a sus hijas. Y
lo peor es que nadie podía
protestar porque en ese momento
no existía la corte suprema ni
los representantes de los
derechos humanos para
ampararlos. Había que sufrir.
Punto. No quedaba otra
alternativa. ¡Y si crees que esa
situación era incómoda y
dolorosa, imagínate al mismo
tiempo ser también un esclavo
espiritual a la merced de la
muerte, de la ley y de Satanás!
Sin embargo, todo eso comenzó a
cambiar con la venida de la
esperanza.
Decía Fulton Sheen que sin
esperanza el corazón se quiebra.
El ser humano necesita esperar
en algo para seguir adelante. El
ser humano necesita una razón
para vivir, para moverse, para
sonreír. La navidad es esa razón
que anhelaban los Israelitas y
es asimismo la seguridad de los
cristianos.
Dentro de la dimensión de esa
esperanza, también por fin llega
la respuesta que todos andábamos
buscando “Yo soy el camino, la
verdad, y la vida” (Jn. 14:6).
Por fin nos encontrados a
nosotros mismos, al sentido de
nuestra existencia, a lo que nos
mueve, de donde venimos y hacia
donde vamos. Jesús responde
todas las incógnitas esa noche
bendita.
Pero además de traer esperanza,
Jesús en su encarnación humana
también viene a librarnos de
todo peligro, enfermedad,
necesidad, injusticia, y muerte.
En una palabra, viene a
salvarnos. Fíjense en
qué consiste esta salvación como
la proclama Isaías:
«Saltarán de alegría el
desierto y la tierra reseca; la
llanura se regocijará y
florecerá; florecerá como el
lirio, se regocijará y dará
gritos de alegría. Le han dado
la gloria del Líbano, el
esplendor del Carmelo y del
Sarón; y verán la gloria del
Señor, el esplendor de nuestro
Dios. Fortalezcan las manos
cansadas, afiancen las rodillas
vacilantes, digan a los cobardes
de corazón:
“¡Animo!, no teman. Miren a
su Dios: trae la venganza y el
desquite; viene en persona a
salvarlos”.
Se despegarán los ojos de
los ciegos, los oídos de los
sordos se abrirán, saltará el
cojo como un venado, la lengua
del mudo cantará. Brotarán aguas
en el desierto y torrentes en la
llanura; el desierto se
convertirá en estanque, la
tierra sedienta en manantial. En
la guarida de los chacales
brotarán cañas y juncos. Cruzará
por allí un camino cuyo nombre
será: “Vía Santa”. Los impuros
no pasarán por ella. El mismo
Señor guiará al caminante, y los
inexpertos no se extraviarán. No
habrá en ella leones, ni se
acercarán las fieras. Los
rescatados caminarán por ella,
por ella volverán los liberados
del Señor. Llegarán a Sión entre
gritos de júbilo; una alegría
eterna iluminará su rostro, gozo
y alegría los acompañarán, la
tristeza y el llanto se alejarán».
Lo que sí es obvio es que antes
de Su glorioso nacimiento, el
ser humano había tratado de
alcanzar la salvación mediante
rebeliones, revoluciones,
violencia. Había tratado de
curarse y de autosatisfacerse
sin poder alcanzarlo. Pero Jesús
trae la manera de lograrlo. Él
trae la verdadera sanación,
sacia las ansias de justicia y
provee la verdadera libertad del
pecado. También nos salva de la
muerte, “¿Dónde está muerte tu
aguijón?” como dijo San Pablo. Y
claro nos salva de los peligros
de la vida porque “Si Dios está
con nosotros, quién podrá estar
en nuestra contra.” (Rom. 8:31)
Hermanos, si no fuera por la
navidad, ¿dónde estaríamos ahora
sin esa esperanza y sin esa
salvación que vino a traer
Jesús? Sinceramente yo creo que
1) ya no hubiera mundo o 2) la
población del mundo sería mucho
más pequeña producto de tantas
guerras generadas por el odio y
la injusticia.
Gracias a Dios la realidad es
diferente. Y aunque todavía
existen guerras, aunque todavía
existen muchas injusticias, esas
guerras e injusticias operan
dentro de los parámetros de la
esperanza y de la salvación. Un
día ya no habrá más llanto ni
dolor. Un día no habrá más
enfermedades ni pobreza. Un día
el carnerito comerá con el león
y el niño jugará sobre el hoyo
de la serpiente sin peligro. (Is.11:1-9)
Las naciones no se levantarán
más en contra de otras naciones.
Habrá paz y tranquilidad plena
porque ha llegado el día y la
hora de la salvación eterna, la
corona de nuestra esperanza.
Amén.
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