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Written by
Manuel Riveron
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Sunday, 14 May 2006 |
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Todos
nacemos de una mujer. Nuestras vidas
se la debemos a una mujer. Fue una
mujer la que un día aceptó
libremente y con amor la voluntad
del Señor de enviarnos a cada uno de
nosotros a la tierra. Primero
estuvimos nueve meses en su vientre
y después en sus brazos. A esa mujer
especial la llamamos madre, madre
nuestra.
Dios puso en el
corazón de cada mujer la bendición
divina de la maternidad. Su
delicadeza, su sonrisa, sus caricias,
sus esmeros y cuidados amorosos
podemos decir que son dones
extraordinarios que el Señor pone en
los sentidos maternos de nuestras
madres terrenales. Detrás de las
manos imperfectas de nuestras
queridas madrecitas están las manos
del Señor para mantenernos dentro de
un ambiente familiar. Dentro de un
hogar donde la figura del padre
(hombre) y la madre (mujer) estén
presentes, se crea una comunidad de
amor, de fe y de esperanza en el
Señor.....
El Señor desea
que sigamos el ejemplo del padre de
crianza de Jesús, José y sobretodo
de Maria (La Virgen) como madre de
Jesús. Dios eligió al hombre y a la
mujer que iban a cuidar a su hijo
para que estos cumplieran el plan
salvifico que Dios Padre tenia en
mente para nosotros en el tiempo y
lugar que el eligió.
En el mes de Mayo
celebramos la maternidad terrenal de
las mujeres y la de los cielos, la
de la virgen Maria. Mayo, mes de las
flores, mes de Maria y mes de
nuestra madre querida.
Pero hermanos y
hermanas, para que una mujer sea
madre necesita de su pareja elegida,
la del hombre. Los niños tienen que
nacer y crecer dentro de un hogar
donde la figura femenina y masculina
estén presentes.
Dios no envió a
su hijo Jesús a un hogar de dos
hombres o de dos mujeres como
parejas. En estos tiempos de tantas
corrientes anti-cristianas y
contrarias a la Ley Divina se nos
quiere vender la idea de que es
normal la crianza de nuestros hijos
en parejas de homosexuales. Ese no
es el plan de Dios. Nuestro Padre
celestial con su poder absoluto hizo
que la madre terrenal estuviera sin
mancha de pecado, en un hogar con la
presencia de un varón santo, e
inmaculada para que su hijo
primogénito, sin mancha, el cordero
perfecto, la esencia misma del
Padre, se engendrara en un vientre
virginal y pudiera entrar en la
historia humana, como hombre y como
Dios. Semejante a nosotros, sin
perder su Divinidad.
El Señor también
escogió un hogar santo donde naciera
la virgen. Fue el hogar de la pareja
de Joaquín y Ana, hombre y mujer
temerosos del Señor y cumplidores de
sus leyes y mandatos este hogar.
Aunque las Sagradas Escrituras no
hablan nada de ellos, nos podemos
imaginar la calidad humana y de
santidad ante los hombres y de Dios
que los padres de la Virgen Maria
tenían. Podemos decir, los abuelos
humanos y maternos de Jesús hombre.
Maria fue insertada dentro de una
familia, de una pareja bendecida por
Dios. Ahí se hizo Maria. La fe de
Maria en su Señor se cultivo en el
hogar de Joaquín y de Ana. Fue en
ese hogar donde comenzó su
entrenamiento de madre.
Maria, Santa
Maria, respondió y donó
gratuitamente su vientre y su
maternidad para que nuestro Dios
realizara su plan de salvación al
enviar a su hijo, su palabra hecha
hombre a nosotros y para que se
quedara con nosotros hasta los
finales de los tiempos terrenales en
la Eucaristía. Las obras del Señor
no solamente son terrenales sino con
su fin eterno conservan todo lo
bueno para que vivan en El, en la
eternidad. Reguemos a la Virgen
Maria, madre nuestra, dada por Jesús
desde la Cruz, para que nuestras
mujeres sean madres santas,
autenticas mujeres, esposas leales a
sus esposos, mujeres de fe intensa y
con valentía cristiana como la de
Maria.
Aprovechemos este mes para felicitar
a nuestras madres y dejarles saber
con nuestra actitud cariñosa lo
mucho que valen y significan.
Recemos por ellas. Abracémoslas.
Saquémosla a comer. Y si no están
aquí, llamémosla por teléfono. Y
recuerda, tú también estas llamada a
ser una madre ejemplar. De ti
depende que la Iglesia domestica se
siga solidificando. Maria dijo
Si.
¿Y tú?
Santa Madre de
Dios, madre nuestra ruega por
nosotros. Amen.
"
No temas,
porque
Dios
te
ha
favorecido."
(Lucas 1:30) |