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"Dadle
vosotros de comer"
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Written by Mons.
Felipe Bacarreza Rodríguez
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Sunday, 15 July 2007 |
La Iglesia celebra celebró el
domingo 10 de junio de 2007 la
gran solemnidad del Cuerpo y la
Sangre de Jesús. Es obvio que la
expresión "cuerpo y sangre" es
un modo típicamente semítico de
indicar una totalidad, toda la
persona; en este caso, la
Persona de Cristo. Este mismo
modo de expresión lo usó Jesús
también en otra ocasión, cuando
aseguró a Pedro que ningún
hombre le había revelado su
identidad: "Esto no te lo ha
revelado ni la carne ni la
sangre, sino mi Padre que está
en los cielos" (Mt 16,17). Si
"carne y sangre" no significara
aquí el hombre (Pedro mismo o
cualquier otro ser humano),
entonces la afirmación de Jesús
carecería de sentido. Lo que
Jesús quiere decir es esto: "No
el hombre, sino Dios". Diciendo
"carne y sangre" se refiere al
hombre en lo que tiene de más
humano.
¿De dónde nace ese modo de
referirse a la Persona de Cristo?
Nace del mismo Jesús. En efecto,
fue él quien en la última cena,
tomó un pan y dijo: "Esto es mi
Cuerpo", y luego tomó una copa
de vino y dijo: "Esta copa es mi
Sangre". La palabra de Cristo no
puede dejar de hacer lo que
dice, no puede dejar de efectuar
lo que significa. Si Jesús dice:
"Esto es mi cuerpo", eso no
puede ser más que su Cuerpo; y
si dice: "Esto es mi Sangre",
eso no puede ser más que su
Sangre. Su palabra, siendo
Palabra de Dios, es viva y
eficaz y "no vuelve a Dios vacía,
sin que haya realizado lo que a
Dios plugo, ni haya cumplido
aquello a que Dios la envió"
(cf. Is 55,11).
Jesús dijo también: “Haced esto
en memoria mia”. Tenemos
entonces que, obedeciendo a ese
mandato, después de hacer esos
mismos gestos y pronunciar esas
mismas palabras, el sacerdote
tiene en sus manos el Cuerpo y
la Sangre de Cristo, es decir, a
Cristo mismo. Es, obviamente, un
misterio de fe. Pero nos
preguntamos: ¿Por qué no dijo
Jesús simplemente: "Esto es mi
Persona" o "Esto soy Yo"? No,
porque su Persona y su Yo
personal es Dios mismo, y Dios
no tiene cuerpo ni sangre. Jesús
nos dio su Cuerpo y su Sangre
para que comprendieramos que
allí está ciertamente su
Persona, está él mismo, pero
encarnado, tal como vivió en
esta tierra: un solo Cristo, que
es Dios verdadero y hombre
verdadero. En cuanto hombre,
Jesús tiene Cuerpo y Sangre. En
esta forma se nos da la Persona
de Cristo en el sacramento de la
Eucaristía bajo las especies del
pan y del vino. El Cuerpo y la
Sangre quiere representar la
totalidad del Hijo de Dios
encarnado. Pero él está presente
todo entero en cada una de las
especies y en cada parte de
ellas. Por eso la Hostia santa y
el cáliz con la Sangre de Cristo
son cada uno objeto de
adoración. En todos los templos
donde se celebra hoy día este
misterio se realizan procesiones
para dar culto de adoración a
Jesucristo, verdadero Dios y
verdadero hombre, en la Hostia
santa.
Se ha elegido para esta
solemnidad el Evangelio de la
multiplicación de los panes por
su relación con el misterio del
Cuerpo y la Sangre de Cristo. En
efecto, el Cuerpo y la Sangre de
Cristo se nos dan como alimento,
alimento de vida eterna, para
nutrir la vida divina a la cual
hemos nacido en el Bautismo. Así
como Jesús nutrió a la multitud
en el desierto, así nos nutre
con el pan de vida eterna. Ese
pan del desierto era pan
milagroso, pero material; este
pan de la Eucaristía es pan
milagroso, pero celestial.
Observemos el episodio
evangélico más de cerca.
Seguía a Jesús una multitud de
cinco mil hombres. El “los
acogía, les hablaba acerca del
Reino de Dios y curaba a los que
tenían necesidad de ser
curados”. Pero comenzó a
declinar el día, y se acercan
los Doce a decirle: “Despide a
la gente para que vayan a los
pueblos y aldeas del contorno y
busquen alojamiento y comida,
porque aquí estamos en un lugar
desierto”. La sugerencia de los
Doce es sensata, pues para
cualquiera era obvio que allí no
había ali-mento para toda esa
multitud. Jesús les dice con
toda naturalidad: “Dadles
vosotros de comer”. ¿Cómo? ¿Lo
dice en serio? ¿Acaso no se da
cuenta de la situación? Nada
indica que Jesús esté
“bromeando”. Por otro lado, es
imposible que él no capte la
situación. La única alternativa
que queda en pie es que lo diga
en serio y con perfecta
conciencia de lo que está
diciendo: ¡Los apóstoles tienen
que dar de comer ellos mismos a
los cinco mil! Esa es su
voluntad.
Ellos, en cambio, al oír el
mandato de Jesús, se quedan con
la idea de que él no capta la
situación y tratan de hacerle
comprender: “No tenemos más que
cinco panes y dos peces”. ¡No es
suficiente! Y ponen una
alternativa imposible para hacer
ver lo absurda que es la orden
de Jesús: “A no ser que vayamos
nosotros a comprar alimentos
para toda esta gente”. Se habría
necesitado un camión. Jesús va a
demostrar que no ha dicho algo
absurdo y que él sabe lo que
dice. Da entonces esta otra
orden a sus discípulos: “Haced
que se acomoden por grupos de
unos cincuenta”. Esta orden no
les parece absurda y la
obedecen. Aunque ciertamente
estarán preguntandose: ¿Para qué
los hace sentarse? ¿Qué va a
hacer? El relato sigue: “Jesús
tomó los cinco panes y los dos
peces, y levantando los ojos al
cielo, pronunció sobre ellos la
bendición y los partió, y los
iba dando a los discípulos para
que los sirvieran a la gente”. Y
no tocó a cada uno un pedacito
minúsculo de pan, como si Jesús
hubiera partido cada pan en mil
pedazos. No, el resultado es
este: “Comieron todos hasta
saciarse y de los trozos que
sobraron se recogieron doce
canastos”.
Jesús hizo un milagro admirable
que es figura de la Eucaristía.
Pero nos queda dando vuelta la
pregunta: ¿Por qué dijo a los
apóstoles: “Dadles vosotros de
comer”? Es porque él tenía
decidido que el milagro se
obrara por manos de sus
apóstoles. Si ellos hubieran
obedecido su mandato y hubieran
empezado a partir los cinco
panes, el milagro de la
multiplicación lo habrían hecho
ellos. Esto es lo que Jesús
había dispuesto. Cuando, más
tarde en la última cena, la
víspera de su pasión, Jesús les
da esta otra orden: “Haced esto
en memoria mia” (Lc 22,19),
ellos le obedecieron y
obtuvieron el resultado
magnífico de hacer presente a
Cristo mismo. Esto es lo que
renueva cada sacerdote en la
Eucaristía. Esto es lo que
celebra la Iglesia en este día.
Dadles vosotros de comer (Lc
9,11b-17)
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