La
novela inglesa de época
victoriana, que trata de un
científico, el Dr. Víctor
Frankenstein, obsesionado con
crear la vida de desperdicios
humanos, podemos aprender
valiosas lecciones en esta
temporada de Halloween y los
fieles difuntos. Aunque no
celebremos el Halloween como
típicamente se celebra, o sea
con monstruos, brujas y
esqueletos, es una época que nos
trae a la mente nuestra
mortalidad. Esta novela trae a
colación los temores que
sentimos al saber que no somos
omnipotentes ante la muerte y
nuestro afán de tratar de
alargar nuestra estancia aquí en
la Tierra sea como sea.
El trama de esta historia trata
con un ser que quiere usurparle
el lugar a Dios como Creador, no
importándole las graves
consecuencias de sus acciones.
Todos sus familiares y amigos se
asustan en ver el cambio del Dr.
Frankenstein, pero no pueden
disuadirlo de su macabro
propósito. A pesar de las
advertencias, él sigue
experimentando. Un día por fin
alcanza su meta; la criatura
siente las vibraciones de la
vida, pero solamente una
perversión de esta. A pesar de
las buenas intenciones del
monstruo, no es aceptado por
nadie. Inspira miedo y terror a
todos, menos a un viejito ciego
que lo acepta. Pero esto no dura
mucho porque termina
ocasionándole la muerte
accidental a él y al hermanito
del científico. La criatura,
sintiéndose desdichada le
reclama a su creador: ¿Por qué
me creaste? ¿Para hacerme
sufrir? Y se rebela.
¿Qué podemos aprender de tal
relato? La lección más obvia es
que la creación y la muerte le
pertenecen sólo a Dios. Muchas
veces la soberbia del ser humano
nos lleva a creer que nosotros
lo somos todo. Por eso nos
creemos con el derecho de
abortar, de utilizar (y matar) a
embriones para alargar la vida
de otros, de cometer la
eutanasia, de practicar la
fertilización in vitro (que
produce varios embriones y
después los congela), de
practicar la pena de muerte y
mucho más. Al ser humano no le
ha sido concedido este derecho;
es mas cuando fuimos creados,
Dios nos dio la responsabilidad
que cuidáramos de Su Creación,
no que la destruyéramos ni la
manipuláramos a nuestro antojo.
Este derecho que el ser humano
piensa tener proviene de la
soberbia y la falta de fe.
Cuando nosotros tratamos de ser
dioses, vienen las consecuencias
funestas, porque todo pecado
tiene consecuencia. Además, no
poseemos la sabiduría y la
prudencia para desempeñar el
papel de nuestro Padre
Celestial.
Nuestra misión aquí en la vida
es de alabar a Dios con todo
nuestro ser. Se supone que
seamos imágenes de Él, que nos
creó para amarnos y para que
nosotros amásemos. El amor es la
celebración de toda vida humana,
sin excepciones. El odio y la
violencia llegan cuando nos
creemos superiores y
exterminamos a los pensamos que
no están a nuestra altura. Esto
es el culto de la muerte.
Tenemos que decirle que NO a
todo lo que sea en contra de la
vida, desde su concepción hasta
la muerte natural. Aprendan la
lección de la novela
“Frankenstein” de Mary Shelley.
Voten y actúen por la vida y
tendrán la vida eterna como
Nuestro Señor nos prometió.
Citas
Shelley, Mary. Frankenstein.
England: Lackington, Hughes,
Harding, Mayor & Jones, 1818.
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