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La espiritualidad de la Cruz
Written by César J. Baldelomar   
Sunday, 09 December 2007

Para algunos, pensar en San Agustín de Hipona (354-430 A.D.) es imaginarse a un hombre solitario, constantemente preocupado con la oración y la escritura. Sus obras clásicas Las Confesiones y La Ciudad de Dios son testimonio de su influencia como un maestro espiritual. Sin embargo, esta preconcepción de San Agustín como un maestro espiritual solitario no es tan exacta como muchos piensan. Después de leer Las Confesiones, se puede fácilmente concluir que fue simplemente, un hombre de gente. De niño, se vio a menudo involucrado en cualquier tipo de actividad que sucediese en su pueblo nativo de Thagaste; como profesor de retórica en Cartago y Roma siempre estaba alrededor de jóvenes, y como filósofo en Cassisiacum, así como obispo de Hipona, Agustín nunca estuvo realmente solo.
 
Ni siquiera su conversión (una ocurrencia muy personal) se produjo en la soledad. El amigo de Agustín, Alypius, compartió con él una experiencia muy poderosa cuando juntos leyeron y reflexionaron sobre la Sagrada Escritura. No obstante, debido al carácter introspectivo de Las Confesiones, lectores modernos quizás todavía lleguen a la conclusión de que era un hombre solitario, que no tenía idea de lo que ocurría a su alrededor.
 
Un simple argumento para refutar esta hipótesis es que los obispos de la iglesia primitiva no fueron elegidos por el obispo de Roma, sino por la gente local. ¿Qué mejor hombre que Agustín, quién había sido expuesto a los Manicheans y Donatistas (ambos rivales de la Iglesia Católica de África), para dirigir la iglesia de Hipona? Al asumir el papel de obispo, Agustín dedicó innumerables horas a ser juez en los pequeños litigios civiles. Otro hecho sobre Agustín pasado por alto es que como Obispo, vivió en comunidad con los demás sacerdotes, inició un monasterio en Hipona, y desarrolló un canon para las comunidades monásticas que es similar al canon de Benedicto de Nursia (487-547). Evidentemente, el doctor de la Iglesia no era el viejo solitario que muchos piensan.
 
La espiritualidad interior y exterior de Agustín crece fuera de la vista de su vocación, que, como Lynn Bridgers señala, "es una vida vivida en el servicio amoroso a Dios y al prójimo." Esta es la espiritualidad de la cruz en su mejor manifestación. Una cruz de madera, como las que adornan la mayoría de nuestras iglesias, es esencialmente la fusión vertical y horizontal de madera. La madera vertical, en la espiritualidad de Agustín, representa nuestra relación con Dios, quien existe fuera de tiempo y espacio. La madera horizontal, por el contrario, significa la relación con la comunidad. ¿Qué es más importante? Bueno, una cruz de madera no existiría sin la fusión vertical y horizontal de madera.
 
Lo mismo es cierto de la espiritualidad cristiana. Sin establecer una relación con Dios (vertical) y los seres humanos (horizontal), estaríamos empobrecidos por la falta de relación con Dios y la comunidad. (He de añadir a la dimensión horizontal, el mundo natural, que está sufriendo la más abominable violación en manos de la humanidad.) Una equilibrada espiritualidad cristiana trata de alcanzar el centro de la cruz, donde la presencia de Dios se manifiesta simultáneamente a través de la relación con la Divinidad, otros, y el mundo natural.
En cuanto a la dimensión psicológica de la cruz, la pieza horizontal (preocupación por los seres humanos y la naturaleza) es más fácil de seguir para los extrovertidos, mientras que la vertical (la relación con Dios) será de gran interés para los introvertidos. Lo más difícil de la cristiandad y de la espiritualidad de Agustín es trascender su preferencia y alcanzar el medio de la cruz. La relación sana con Dios nos motivará a esforzarnos a trabajar por la justicia social, donde la preocupación por los pobres y los oprimidos se traduzca en una sana relación con la Divinidad, que es el creador de todo.
 
En cuanto tenga una oportunidad, le exhorto a que lea Las Confesiones o la Ciudad de Dios, y deje atrás la imagen de San Agustín como un anciano sentado con una Biblia en una mano y un lápiz en la otra. Trate de encontrar en cada línea a un hombre que a pesar de que lucha por fortalecer su relación con Dios, también se preocupa por el bienestar de su pueblo en Hipona; un hombre compasivo luchando por encontrar la parte media de la cruz es. Tal vez al conocer su lucha, nos motivemos a llegar a ese armonioso lugar donde ambas piezas—horizontal y vertical, se unen para formar la cruz en la que nos salvó Cristo hace dos mil años.
 

César J. Baldelomar es un estudiante de tercer año en Global Leadership / Filosofía, Estudios Religiosos, e Historia en la Universidad de Santo Tomás en Miami Gardens, FL. También es coordinador de investigación del Centro de Pax Romana Internacional de Estudios de la Doctrina Social Católica. Él puede ser contactado en cbaldelomar@stu.edu
 
 


    


 


 

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