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Para algunos, pensar en San
Agustín de Hipona (354-430 A.D.)
es imaginarse a un hombre
solitario, constantemente
preocupado con la oración y la
escritura. Sus obras clásicas
Las Confesiones y La Ciudad de
Dios son testimonio de su
influencia como un maestro
espiritual. Sin embargo, esta
preconcepción de San Agustín
como un maestro espiritual
solitario no es tan exacta como
muchos piensan. Después de leer
Las Confesiones, se puede
fácilmente concluir que fue
simplemente, un hombre de gente.
De niño, se vio a menudo
involucrado en cualquier tipo de
actividad que sucediese en su
pueblo nativo de Thagaste; como
profesor de retórica en Cartago
y Roma siempre estaba alrededor
de jóvenes, y como filósofo en
Cassisiacum, así como obispo de
Hipona, Agustín nunca estuvo
realmente solo.
Ni siquiera su conversión (una
ocurrencia muy personal) se
produjo en la soledad. El amigo
de Agustín, Alypius, compartió
con él una experiencia muy
poderosa cuando juntos leyeron y
reflexionaron sobre la Sagrada
Escritura. No obstante, debido
al carácter introspectivo de Las
Confesiones, lectores modernos
quizás todavía lleguen a la
conclusión de que era un hombre
solitario, que no tenía idea de
lo que ocurría a su alrededor.
Un simple argumento para refutar
esta hipótesis es que los
obispos de la iglesia primitiva
no fueron elegidos por el obispo
de Roma, sino por la gente
local. ¿Qué mejor hombre que
Agustín, quién había sido
expuesto a los Manicheans y
Donatistas (ambos rivales de la
Iglesia Católica de África),
para dirigir la iglesia de
Hipona? Al asumir el papel de
obispo, Agustín dedicó
innumerables horas a ser juez en
los pequeños litigios civiles.
Otro hecho sobre Agustín pasado
por alto es que como Obispo,
vivió en comunidad con los demás
sacerdotes, inició un monasterio
en Hipona, y desarrolló un canon
para las comunidades monásticas
que es similar al canon de
Benedicto de Nursia (487-547).
Evidentemente, el doctor de la
Iglesia no era el viejo
solitario que muchos piensan.
La espiritualidad interior y
exterior de Agustín crece fuera
de la vista de su vocación, que,
como Lynn Bridgers señala, "es
una vida vivida en el servicio
amoroso a Dios y al prójimo."
Esta es la espiritualidad de la
cruz en su mejor manifestación.
Una cruz de madera, como las que
adornan la mayoría de nuestras
iglesias, es esencialmente la
fusión vertical y horizontal de
madera. La madera vertical, en
la espiritualidad de Agustín,
representa nuestra relación con
Dios, quien existe fuera de
tiempo y espacio. La madera
horizontal, por el contrario,
significa la relación con la
comunidad. ¿Qué es más
importante? Bueno, una cruz de
madera no existiría sin la
fusión vertical y horizontal de
madera.
Lo mismo es cierto de la
espiritualidad cristiana. Sin
establecer una relación con Dios
(vertical) y los seres humanos
(horizontal), estaríamos
empobrecidos por la falta de
relación con Dios y la comunidad.
(He de añadir a la dimensión
horizontal, el mundo natural,
que está sufriendo la más
abominable violación en manos de
la humanidad.) Una equilibrada
espiritualidad cristiana trata
de alcanzar el centro de la cruz,
donde la presencia de Dios se
manifiesta simultáneamente a
través de la relación con la
Divinidad, otros, y el mundo
natural.
En cuanto a la dimensión
psicológica de la cruz, la pieza
horizontal (preocupación por los
seres humanos y la naturaleza)
es más fácil de seguir para los
extrovertidos, mientras que la
vertical (la relación con Dios)
será de gran interés para los
introvertidos. Lo más difícil de
la cristiandad y de la
espiritualidad de Agustín es
trascender su preferencia y
alcanzar el medio de la cruz. La
relación sana con Dios nos
motivará a esforzarnos a
trabajar por la justicia social,
donde la preocupación por los
pobres y los oprimidos se
traduzca en una sana relación
con la Divinidad, que es el
creador de todo.
En cuanto tenga una oportunidad,
le exhorto a que lea Las
Confesiones o la Ciudad de Dios,
y deje atrás la imagen de San
Agustín como un anciano sentado
con una Biblia en una mano y un
lápiz en la otra. Trate de
encontrar en cada línea a un
hombre que a pesar de que lucha
por fortalecer su relación con
Dios, también se preocupa por el
bienestar de su pueblo en Hipona;
un hombre compasivo luchando por
encontrar la parte media de la
cruz es. Tal vez al conocer su
lucha, nos motivemos a llegar a
ese armonioso lugar donde ambas
piezas—horizontal y vertical, se
unen para formar la cruz en la
que nos salvó Cristo hace dos
mil años.
César J. Baldelomar es un
estudiante de tercer año en
Global Leadership / Filosofía,
Estudios Religiosos, e Historia
en la Universidad de Santo Tomás
en Miami Gardens, FL. También es
coordinador de investigación del
Centro de Pax Romana
Internacional de Estudios de la
Doctrina Social Católica. Él
puede ser contactado en
cbaldelomar@stu.edu
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