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(Esta enseñanza fue extraída del
portal católico encuentra.com)
Forjar un modo de ser entusiasta,
dinámico, emprendedor y con los
pies sobre la tierra, son
algunas de las cualidades que
distinguen a la persona
optimista. El optimismo es el
valor que nos ayuda a enfrentar
las dificultades con buen ánimo
y perseverancia , descubriendo
lo positivo que tienen las
personas y las circunstancias,
confiando en nuestras
capacidades y posibilidades
junto con la ayuda que podemos
recibir. La principal diferencia
que existe entre una actitud
optimista y su contraparte –el
pesimismo- radica en el enfoque
con que se aprecian las cosas:
empeñarnos en descubrir
inconvenientes y dificultades
nos provoca apatía y desánimo.
El optimismo supone hacer ese
mismo esfuerzo para encontrar
soluciones, ventajas y
posibilidades; la diferencia es
mínima, pero tan significativa
que nos invita a cambiar de una
vez por todas nuestra actitud.
Alcanzar el éxito no siempre es
la consecuencia lógica del
optimismo, por mucho esfuerzo,
empeño y sacrificio que pongamos,
algunas veces las cosas no
resultan como deseábamos. El
optimismo es una actitud
permanente de “recomenzar”, de
volver al análisis y al estudio
de las situaciones para
comprender mejor la naturaleza
de las fallas, errores y
contratiempos, sólo así
estaremos en condiciones de
superarnos y de lograr nuestras
metas. Si las cosas no fallaran
o nunca nos equivocáramos, no
haría falta ser optimistas.
Normalmente la frustración se
produce por un fracaso, lo cual
supone un pesimismo posterior
para actuar en situaciones
similares. La realidad es que la
mayoría de nuestro tropiezos se
dan por falta de cuidado y
reflexión. ¿Para qué sirve
entonces la experiencia? Para
aprender, rectificar y ser más
previsores en lo futuro.
El optimista sabe buscar ayuda
como una alternativa para
mejorar o alcanzar los objetivos
que se ha propuesto, es una
actitud sencilla y sensata que
en nada demerita el esfuerzo
personal o la iniciativa. Sería
muy soberbio de nuestra parte,
pensar que poseemos el
conocimiento y los recursos
necesarios para salir
triunfantes en toda
circunstancia.
Cualquiera que ha sido campeón
en alguna disciplina, llegó a
colocarse en la cima por su
esfuerzo, perseverancia y
sacrificio, pero pocas veces, o
mejor dicho nunca, se hace
alusión a su optimismo, a esa
entrega apasionada por alcanzar
su fin, conservando la confianza
en sí mismo y en las personas
que colaboraron para su
realización. El optimismo
refuerza y alienta a la
perseverancia
El optimista no es ingenuo ni se
deja llevar por ideas
prometedoras, procura pensar y
considerar detenidamente todas
las posibilidades antes de tomar
decisiones. Si una persona desea
iniciar un negocio propio sin el
capital suficiente, sin conocer
a fondo el ramo o con una vaga
idea de la administración
requerida, por muy optimista que
sea seguramente fracasará en su
empeño, ya que carece de las
herramientas y fundamentos
esenciales para lograrlo.
En otras circunstancias nos
engañamos e inventamos una falsa
realidad para hacernos la vida
más fácil y cómoda. Basta
mencionar al estudiante que se
prepara poco y mal antes de sus
evaluaciones, esperando obtener
la calificación mínima y
necesaria para “salir del paso”,
sin darse cuenta que su falso
optimismo lo llevará –tarde o
temprano- al fracaso.
Se podría pensar que el
optimismo nada tiene que ver con
el resto de las personas, sin
embargo, este valor nos hace
tener una mejor disposición
hacia los demás: cuando
conocemos a alguien esperamos
una actitud positiva y abierta;
en el trabajo, una personalidad
emprendedora; en la escuela,
profesores y alumnos dedicados.
Si nuestras expectativas no se
cumplen, lo mejor es pensar que
las personas pueden cambiar,
aprender y adaptarse con nuestra
ayuda. El optimista reconoce el
momento adecuado para dar
aliento, para motivar, para
servir.
En la amistad y en la búsqueda
de pareja también es necesario
ser optimista. Algunas personas
se encierran en sí mismos
después de los fracasos y las
desilusiones, como si ya no
existiera alguien más en quien
confiar. El optimismo supone
reconocer que cada persona tiene
algo bueno, con sus cualidades y
aptitudes, pero también sus
defectos, los cuales debemos
aceptar y buscar la manera de
ayudarles a superarlos.
El paso hacia una actitud
optimista requiere de una
disposición más entusiasta y
positiva, es tanto como darle la
vuelta a una moneda y ver todo
con una apariencia distinta:
- Analiza las cosas a partir de
los puntos buenos y positivos,
seguramente con esto se
solucionarán muchos de los
inconvenientes. Curiosamente, no
siempre funciona igual a la
inversa.
- Haz el esfuerzo por dar
sugerencias y soluciones, en vez
de hacer críticas o pronunciar
quejas.
- Procura descubrir las
cualidades y capacidades de los
demás, reconociendo el esfuerzo,
el interés y la dedicación. Esto
es lo más justo y honesto.
- Aprende a ser sencillo y pide
ayuda, generalmente otras
personas encuentran la solución
más rápido.
- No hagas alarde de seguridad
en ti mismo tomando decisiones a
la ligera, considera todo antes
de actuar pues las cosas no se
solucionan por sí mismas. De lo
contrario es imprudencia, no
optimismo.
No es más optimista el que menos
ha fracasado, sino quien ha
sabido encontrar en la
adversidad un estímulo para
superarse, fortaleciendo su
voluntad y empeño; en los
errores y equivocaciones una
experiencia positiva de
aprendizaje. Todo requiere
esfuerzo y el optimismo es la
alegre manifestación del mismo,
de esta forma, las dificultades
y contrariedades dejan de ser
una carga, convirtiéndonos en
personas productivas y
emprendedoras.
(Esta enseñanza fue
extraída del portal católico
encuentra.com. Visítalos, te lo
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